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Cuando las sociedades degeneran (SEGUNDA PARTE)
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Decían unos versos del poeta clásico español, Jorge Manrique, en sus famosas “Coplas a la muerte de Mi Padre”: “¡Cuán presto se va el placer, cómo después de olvidado da dolor, y cómo a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor!”. Esta verdad muerde inexorablemente, en especial, cuando el presente es algo peor que los malos recuerdos del pasado, una vulgar negación de todo lo logrado, cuando en vez de ser más moderno es más atrasado; cuando no trae nada nuevo ni bueno, y cuando por contrario, revive y da valor a lo que el conocimiento y la dignidad daban por descontado. Eso es, a nuestro pesar, la contemporaneidad dominicana, una conjugación en el presente perfecto de todo errado del pasado imperfecto.



La República Dominicana es esa mitad de una pequeña isla convenientemente ubicada en el centro del Caribe, que desde antes de darse nombre ya tenía dueño. Fue el producto de la idea de un hombre a quien se le escuchó sólo en lo que convenía y cuando convenía, y que luego como bagazo sin uso, fue tirado lejos, tan lejos donde nadie pudiera escucharlo.



Los usurpadores, valiéndose de que la independencia se hizo expulsado a los invasores de la vecina república de Haití, se ocuparon de mantener vivo este conflicto durante siglos para erigirse en patriotas y no enfrentar al verdadero enemigo que no era negro sino blanco y rubio. Bajo ese pretexto se erigió un ejército, pero no para defender la patria, sino para mantener la propiedad sobre ella.



En 1916 Estados Unidos invadió República Dominicana y dejó como regente a un tirano, llamado Rafael Trujillo, quien nunca conoció la decencia, nunca practicó la moral, dispuso de la vida de los demás a su antojo y se hizo dueño con título de todo cuanto valía en el país. Cuando murió, como el Cesar, de mano de sus propios correligionarios, los mejores hombres y mujeres intentaron terminar la obra inconclusa del fundador desterrado, pero la república volvió a ser invadida por los mismos grandes del norte y entregada esta vez a un discípulo del tirano, un enano moral con etiqueta, de la cultura de los bufones de las cortes reales, incluyendo el verbo y la urbanidad, sin mas ambición que el poder, pero con la misma saña enferma de su maestro.



Bajo su gobierno, que ensambló cuidadosamente con las piezas remanentes del tirano, los dominicanos sufrieron torturas y persecuciones, que él nunca ordenó pero tampoco mandó detener, y como todo lo malo engendra su antítesis que es lo bueno, la nueva generación de dominicanos aprendió a distinguir entre lo justo y lo injusto, entre lo falso y lo auténtico, entre lo moral y lo inmoral, y especialmente entre el pasado funesto y la posibilidad de un futuro diferente.



Bajo el mando de un hombre honesto esa juventud se organizó para tejer el futuro, pero hubo como siempre quien se encargó de vender los sueños, de llenarse el bolsillo, saciar la sed de poder y proyección, y lo que debía ser un hermoso mañana terminó siendo la vergonzosa realidad de hoy.



Hacerse rico se convirtió en la meta de todo el que se sube a una tribuna y ocupa un puesto administrativo, y con tal ejemplo, proveniente de una generación supuestamente educada en los honestidad, todo el pueblo dijo: “al carajo la decencia y a robar todos ahora mismo”. Así, la nueva juventud aprendió que ser honesto es un sueño poco rentable y que la política, el crimen organizado y el narcotráfico son la única escalera social posible para los hijos de machepa. Ahora, con una sociedad radicalmente estratificada entre los millonarios y los hambrientos, y una clase media rasgando la lata sin alcanzar el borde, los dominicanos se aproximan a otra feria electoral, una oportunidad para los pobres conseguir qué comer, o unos pesos extras para montarse aunque sea en bicicleta. Ante el fracaso sin explicaciones de un presidente que emula al discípulo del tirano y se adorna de los méritos del cazador de sueños de la obra inconclusa, “llegó papá”, el líder de los cangrejos sin lata, de esa clase desesperada y desplazada de toda cantera que ofrece una puerta de esperanza, un puesto en cualquier lugar o un lugar donde sencillamente hacerse a como de lugar.



En medio de ese crecimiento sin límites de sus urbes, del despilfarro de dólares provenientes de todas partes y maneras, en medio de los apagones, el calor tropical, el monóxido y los bocinazos, matizados por el ruido dulce y lujoso de un tren urbano, estalla en el país como piñata cargada de dulces y confetis la contienda en la que los dominicanos se verán obligados a escoger, entre lo malo y lo peor, entre el cinismo y la desfachatez, entre la nada y el vacío.



Lamentablemente la sociedad dominicana transita de reversa, los parámetros morales pasaron a ser clásicos empolvados, todo lo que se consideraba inmoral es ahora lo correcto, el discípulo del tirano es ahora el ejemplo, y los que quisieron terminar la obra inconclusa fueron confinados a libros de lujo para adornar los libreros de las mansiones de los buenos discípulos del discípulo del tirano.



El pensamiento social, se confinó a lo ridículo, la literatura, al gusto de unos pocos, y el entretenimiento, a la mayor expresión de la vulgaridad.

República Dominicana pasó de exportador agrícola a exportador de necesidades, y en vez de créditos recibe divisas por puertos inconfesables.

La vida como el peso perdió valor, de la primero se hizo cargo la delincuencia, de lo segundo se hicieron cargo los funcionarios.



Pero en la República Dominicana como en México las válvulas tienen límites. La inmigración de mexicanos a hacia el norte se hace cada vez más difícil y la tolerancia de los dominicanos de alguna manera tocará fondo, porque cuando las sociedades degeneran todo puede pasar.






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