R. DOMINICANA.- Que somos racistas nos espeta ahora un informe reciente de uno de los organismos de la ONU.
Y, en efecto, seguro que lo somos, igual, peor o mejor que cualquiera otra sociedad que proviene del capitalismo esclavista y en la que aún perviven en las estructuras cerebrales y en nuestras instituciones prácticas sociales y culturales remanentes de aquel sistema.
El racismo y muchos otros prejuicios formaban parte de los recursos de explotación con que contaban los oligarcas blancos para exprimir a los esclavos.
Semejante sistema contaba con dos elementos ideológicos a su favor: “si podemos explotar, exprimir, esquilmar a todos estos negros (o blancos) brutos”, entendía el oligarca, “es porque somos superiores”; el negro explotado (o el indio en su momento), por su parte, acababa pensando igual: “si éstos me pueden hacer todo lo que me hacen sin que pase nada, es porque son superiores”.
La religión y la propaganda dominantes estaban a la mano para justificar y legitimar aquel estado de cosas que, con el tiempo, echó raíces profundas en el cerebro de la gente. Recordemos aquella ardua discusión para determinar si los aborígenes tenían alma o no; si eran animales y podían ser tratados como tales, o si eran personas.
Siglos después, dicen que somos racistas. ¿Cuánto lo somos? Eso se encargan de medirlo Europa y Estados Unidos (nuestros antiguos amos) y sus “técnicos” a través de la ONU.
Pero somos racistas tanto como Estados Unidos y Europa. O quizás algo menos, puesto que aquí todavía no tenemos—dios nos libre—europeos cabezas rapadas y milicias americanas armadas cazando negros y latinos.
Pero una cosa es llamar al diablo y otra verlo llegar, dice la gente. Una cosa es invocar el racismo y todos esos sentimientos abominables para socavar nuestra estima, para enfrentarnos con nuestros hermanos, para mirarnos con el rabo del ojo, para dividirnos y separarnos aún más, y otra muy diferente es señalar las causas verdaderas del fenómeno.
La realidad es que la estructura económica y social del colonialismo y la esclavitud están casi igualitas. Hemos cambiado mucho, pero principalmente en la forma, no en el fondo. La riqueza sigue estando todavía en manos abrumadoramente blancas y oligárquicas, mientras la pobreza es todavía abrumadoramente negra, latina, africana, árabe… y esclavizada.
¿No es así?
¿Contra quién van dirigidos el racismo y esos sentimientos? Contra los pobres. ¿Hacia dónde miran los pobres en busca de referentes? Hacia los ricos. ¿Quiénes deben ser los matatanes? Los poderosos. ¿Quiénes deben ser los brutos, los que se tienen “ganadas” todas sus desgracias por negros, por latinos, por árabes, por haraganes, por distraídos, por disolutos, porque no son precavidos, etc., etc., etc.…? Los pobres.
Y cada cierto tiempo nos lo recuerdan. En informes “técnicos” que vienen a perpetuar visiones y percepciones sin ahondar en el problema real, que no es otro que la estructura de desigualdad que todavía concentra en unas cuantas manos la riqueza que produce la humanidad…
En sistemas económicos y sociales cuyos gerentes y dueños no conocen otra manera de resolver sus crisis que cortando el empleo, achicando el salario, abaratando el despido, reduciendo la inversión social y desapareciendo los programas educativos que podrían ayudar a superar precisamente fenómenos como el del racismo y otros tantos no menos importantes que nos fueron impuestos.
¿Quiénes son más racistas? ¿Nosotros o quienes todavía nos miran desde arriba, nos estudian como a ratas de laboratorio, nos juzgan y cada año nos condenan sin apelación en sus informes “técnicos”?
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